Tania Irán López Domínguez
| Laura Etel Briseño |
El viaje era largo; afortunadamente me tocó ventanilla. Pude recargarme y, cerrando los ojos, me puse a pensar. Me pareció divertido no abrirlos por cinco minutos pasara lo que pasara. Para no estar tensa y se hiciera menos el camino puse atención a todos los sonidos.
Empecé escuchando chismes... que del trabajo... que de la casa... que si la política... esto me aburría; pensé que talvez si dormía sentiría más corto el viaje. Seguí oyendo el ruido de los coches, la música que llevaba el chofer, las personas que la tarareaban y luego... ¡pum!, así de repente, escuche un ruido terrible y casi estuve a punto de abrir los ojos, pero no lo hice, y continué percibiendo muchas voces... que si está usted bien comadre... que si no le pasó nada señor... que una sirena... otra y otra. Sentí que transcurrieron los cinco minutos deseados y abrí los párpados lentamente. Para sorpresa mía, frente a mis ojos, un hombre morado, otro con orejas muy grandes, un león azul y para colmo, un elefante rosa...