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Cayuna' cayate' pur lii | Sollozando



Cayuuna'  zenda'  guidxe'  lii
ma  xadxi  cayate  pur  lii 
Ilustración: Tlalok Guerrero
que  ziuu  dxi  guireeu  xiga  ique' 
pur  ti  dunabe  nadxiee lii

Riniee  xcaanda  lii  ora rase'
xhiandi'  de  runinalu  naa 
ruuna  rinaba'  ganaxhiiu  naa 
ti  ma  xadxi  cayate'  pur  lii 

Sollozando vengo a decirte 
que hace mucho sufro por ti 
de mi mente nunca te alejas 
porque te amo con frenesí

Al dormir yo te sueño siempre 
¡ay! qué castigo para mí 
sollozando tu amor te pido 
porque hace mucho sufro por ti

El escriba... el gran sabio y su maestro

Josué Dante Velázquez


Ilustración: Tlalok Guerrero
Más allá… justo al otro lado del bosque, se encuentra un libro aún no escrito, esperando que el escriba se decida a tomar la pluma del tintero y comience a dejar salir lo que en su interior ha estado guardado durante muchas generaciones. El escriba intenta destruir esos diques que marcan el límite de su realidad con sus fantasías, estas fantasías que lastiman a los que la vida se les va en decir escribiendo y viviendo leyendo… no son los únicos, pero los otros siguen rondando en una oscuridad en la que están seguros, allí no les harán daño aquellos que saben, allá no les quitarán la libertad de gritar y caminar por las calles de una ciudad pintada de azul, allá nadie les dice que la música sólo puede entrar por los oídos… el viento se puede mirar, los árboles dejan caer sus hojas muertas hacia arriba, la lluvia brota de abajo y vuela para volver a tomar su lugar de donde un día partió por decisión de los sabios extraviados en los templos. El escriba entra en el santuario y mira cómo sus colegas pensadores están congelados, inmóviles, tan indefensos como nunca lo fueron cuando sus piernas los dirigían a todas las partes donde la existencia humana se hacia presente. El escriba se percata que en el púlpito hay un hombre hablando de la sabiduría y la única forma de conseguirlo. El escriba se queda convencido que el camino que ha decidido tomar fue el mejor que pudo andar, sin interrupciones, incluso sin interpretaciones. El final de la vida puede estar próximo, jamás será el momento indicado, pero es la vida al final de la jornada, cansado estaremos cuando el momento nos llegue… estoy seguro que al escriba le pasará lo mismo, pero él desea morir justo en el momento en que ponga sobre el pergamino la última palabra, en la que estará envuelta todo el tiempo que su corazón latía con la sístole poética y la diástole asesina.