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Ojos del agua

Hiram Aragón
Didier López Carpio

Vi al viejo agacharse a ras de suelo y meter el mentón en el pocito claro que nacía entre unas rocas lamosas. Bebió como animal montés en abrevadero. Tardó casi medio minuto sorbiendo, a paso lento, con degluciones cortas y saboreadas: los ojos cerrados, las orejas restiradas hacia atrás, la nariz burbujeando entre la membrana vidriosa de la superficie líquida. Ese era un momento de vida, como comer, trabajar, engendrar o morir. El hombre bebió del manantial desde siempre, directamente de él, acarreando agua en tinajas de barro, cubetas de peltre y bules sellados con un olote hermético que le hacían la faena menos sofocante durante la canícula. 

Recuerda que en el pueblo no se necesitaban pozos, acaso algún pretencioso escarbaba en sus terrenos la privacidad de su propia providencia, pero la mayoría la acarreaba de aquel nacimiento borbollante y la llevaba a reposar a una olla de barro poroso para que se mantuviera fresca y pudieran preparar más tarde pozol, y en las tardes hervir café en la leña del patio.