…Cuando he preguntado su edad, me ha respondido que al ocurrir el cólera del 83, era ya grandecita. Con este dato, he deducido su edad. Si en 1883, tenía cinco años, que es cuando ya se puede tener memoria, ahora irá teniendo setenta años.
Ella fue la primera hija de dos que tuvo Bárbara Pineda, mi abuela. La segunda se llamó Severina y murió muy joven. Tuvo seis hermanos, de los cuales viven cuatro. A Adrián y Crescencio, ya los has visto en foto: el que está solo y tiene un lunar en la mejilla es Chencho; el de los bigotes canos, Yan. Otro, Eustaquio, estaba en el pueblo el día que fotografié a la familia, pero mi llegada le produjo tal alegría, que habiendo tomado demasiado vino por festejarme, no estaba en condiciones de que se le retratara. Otro más, Juan, estaba de visita en México; cielo nublado y la prisa con que anduve, no me dejaron tiempo para retratarlo. Francisco y Máximo, ya va para treinta años que murieron.
Mi madre heredó el cariño de Severina, esto es, la quería dos veces. He oído decir que fue, durante su primera juventud, la más bonita mujer de Juchitán. Era, dicen, como la flor del pueblo. Hace algunos años, por diversión, le pregunté con qué sustituía la pintura de labios y el polvo cuando fue señorita. Y me respondió: yo no tuve necesidad de esas cosas. Y creo que ello fue cierto. No tenemos en casa ninguna fotografía suya anterior al año de 1917 en que hizo un viaje a una de las capitales próximas a Juchitán. Todavía entonces era muy bella. De pie, junto a una silla, una mascada colgándole del brazo, se la ve con esa arrogancia con que siempre adorna sus actos y su andar. Lo que un día dije de las tehuanas y juchitecas que caminaban en verso, que su andar era la poesía del movimiento, me lo sugirió ella. En 1932 tomamos otras fotos suyas en la capital de la República. Vieja, cansada como está, conserva en todas ellas ese gesto altivo que en ti sugirió la idea de indomabilidad. Su mandíbula, un poco salida, parece una quilla pronta a embestir la ola adversa.












