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La radio comunitaria: 'autodefensa' de la cultura

=Diario Comunal 238=


Las emisoras comunitarias son autodefensa de la cultura propia. Radio Maíz, de San Juan Tabaa, cumplió su noveno aniversario. Es indudable que la sociedad civil tiene la necesidad de organizarse para defender lo que considera suyo, no por defender descarnadamente su propiedad privada, sino porque lo suyo es lo que le permite vivir y reproducir su existencia. Bien se puede pensar que se defiende lo propio, y esto se entenderá como defender capitales, tierras, empresas, comercios, la familia. Sin embargo, en esta nación, unos son propietarios privados, pero otros son poseedores comunales, no sólo de territorios, recursos comunales, sino de su propia manera de pensar, de razonar y hacer la vida. 

Miedo a volver


Ilustración: Manuel Cabrera
Tengo miedo volver a mi pueblo
y encontrar los bosques desiertos.
Tengo miedo volver a mi pueblo
y encontrar al abuelo ya muerto.

Tengo miedo volver a mi pueblo
y no hallar las sonrisas de hermanos
que en las tardes de abril y de mayo
alegraban las fiestas del pueblo.

Tengo miedo volver a mi pueblo
y encontrar a mi madre llorando
de pensar que su hijo anda lejos
y no ver su cercano regreso.

De cómo hacer escuela sin tener escuela, y de cómo ser maestro sin ser maestro

Jaime Martínez Luna

Toda transformación de la educación debe partir de reconocer que todos somos inteligentes, que todos aportamos algo a la integración del conocimiento. En otras palabras, se debe partir de que nadie enseña a nadie, de que todos nos enseñamos entre todos.

Culto religioso y comunalidad

Saumerio, en el Templo de San Vicente Ferrer.
Fotografía.- Marciano Valencia
(Diario comunal 223)

Jaime Luna 

Los cultos religiosos, ¿realmente nos convencen o simplemente nos integran? En la comunidad rural, pero también en la ciudad, casi todos asistimos a los templos católicos. Sobre todo, durante las fiestas patronales.

Es decir, asistimos a un ritual, pero, ¿todos vamos convencidos de lo que por nombre se celebra? Si preguntáramos a cada uno, la respuesta sería afirmativa, pero en la realidad ―y esto como verdad a voces― sabemos que no. No se duda en cada caso que algunos sí asistan, como se dice, con fe. Pero la gran mayoría tiene otros motivos que le empujan a participar de la celebración, no sólo en su organización, sino en la festiva participación.

Como todos sabemos, una fiesta se inicia tiempo atrás: el campesino dedica su esfuerzo al cultivo de lo que se ha de consumir en la fiesta y en el hogar, sembrando condimentos o simplemente guardándolos para la misma celebración; ahorra dinero para la compra de una ropa significativa, el pago de las cuotas o, si el familiar será el mayordomo, para auxiliarlo. 

A últimas fechas, se ha hecho costumbre que en los Ángeles, California, u otras ciudades de Norteamérica, se coopere para el financiamiento de la celebración. Sin entrar en detalles, todos participan y, de eso, todos estamos enterados.

Pocos conocen la historia de cada santo o virgen, aunque hayan invertido mucho tiempo en el diseño de la ropa que le han de donar al personaje. De su impacto real, nadie se pregunta; a tal grado que se percibe que estos personajes tan solo son un pretexto para celebrar. Los curas deben saberlo, pero son pocos los que en realidad realzan la historia y la labor del santo patrón o patrona.

Por todo esto, resulta inquietante saber qué hacemos en la iglesia; si celebramos al personaje o celebramos la asistencia y presencia del todo y de todos. La mayoría, y no es porque les fascine el chisme, asiste para saber quién va; es decir a mirarse en el conjunto. Otros van para ver qué se da: que si tamales, que si ponche, que si mole, que si mezcal y, de paso, echar relajo con sus cuates. Los jóvenes, obviamente, asisten para pescar, o ver quién pesca o ya pescó nueva pareja.  

En general una fiesta o celebración es la integración de un todo y de todos. Hay quienes la organizan por obligación y otros por voluntad propia. No se niega que en algunos lugares haya problemas con las diversas sectas o creyentes de otras confesiones, pero también, como es sabido, en los pueblos se hace problema cuando no comparten sus obligaciones comunitarias o cuando luchan contra los acuerdos de asamblea. La libertad de creencia existe, pero la contribución a la colectividad significará siempre una obligación.


[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos ―Año II, N° 68, Lun 11/Nov/2013―, suplemento cultural del Comité Melendre en EL SUR, diario independiente del Istmo. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]

Hacia un nuevo lenguaje

Integrantes del Comité Melendre durante
la limpieza de butacas para un Ciclo de Cine Comunitario.
Jaime Martínez Luna

Por allá de los años noventa, cuando empezaban a estar en boga las computadoras, nos dimos a la tarea de redactar y usar nuestra propuesta de comunalidad. Las computadoras no aceptaban la palabra, ni el diccionario la identificaba. Para nosotros era lógico: si vivíamos en comunidad, nuestra actitud cotidiana debía de ser una comunalidad. Sin embargo, “la Real Academia de la Lengua Española” no lo sentía de la misma forma. Por ello, creo, salvo en idioma alemán, nuestro término no existía, y por lo mismo nuestro actuar cotidiano no era presente para la lengua y para sus razonamientos. 
     Recordemos que cuando fuimos invadidos por los bárbaros españoles, el Papa de ese entonces nos aceptó como seres vivos, pero sin alma. Y ¿qué era aquello de alma? Pues quién sabe. El caso es que ahora todos imaginamos lo que puede ser, aunque pocos lo puedan definir claramente. Sin embargo, los diccionarios y las computadoras les dan su respaldo. Lo mismo pasa con la noción de libertad, de democracia, y de justicia.
     La democracia supone la participación de todos en la toma de decisiones. Pero como somos millones, la democracia encuentra en los partidos la manera discursiva de legitimar una decisión en boca de todos, y hace nacer la urna. 
     Con un voto, dizque razonado, la democracia considera que hemos participado en la decisión. No obstante, los partidos políticos encauzan nuestras ideas y nuestros encabronamientos. De esa manera nos controlan. Pero para los intelectuales ―básicamente urbanos― la democracia va con todo: para el trabajo, para la opinión, para lo que se escribe, para lo que se dice. La democracia, se dice, está en todo. Claro que eso también es libertad, igualdad, fraternidad y sobre todo justicia. 
     Son estos conceptos los que nos encierran en una eterna ficción. Cuando estuvo en boga el socialismo, para bien o para mal, se era socialista. Como tal cosa no se mantuvo ni en China, se sigue hablando de democracia. Todo para continuar ocultando las grandes desigualdades. Para seguirnos excluyendo de toda decisión, que en la actualidad toman las mafias vestidas de partidos, que ni son de izquierda ni de derecha, sino simples testaferros de los grandes capitales de inversión. 
     Todos encuentran en el empleo la solución a todos los problemas; aunque sepamos que tener empleo es manejar un dinero que circula para comprar productos que, de nueva cuenta, nos venden, y su pago va a parar a las bolsas de los grandes capitales.
     Descubrir nuestra verdadera razón de ser, como se ve, no lo está en el español que se nos impuso y se nos sigue imponiendo. ¿Qué queda hacer? Inventar, sí, crear términos que realmente digan lo que está percibiendo nuestro organismo y todas nuestras capacidades de interpretación. 
     Vivimos confundidos. Por ello, necesitamos un nuevo lenguaje, un verdadero idioma que explique la integralidad de nuestra vida. Si esto resulta una grosería, una subversión, un desacato para el Estado de Derecho y de la lengua, ni modo. Es tiempo de quitarnos la mordaza, o el traje de locos que nos han impuesto, que sólo beneficia al poder que nos genera una visión ficticia de la vida.

Sobre la Ley de Telecomunicaciones y las radios comunitarias

Jaime Luna

Normar la oralidad y la imagen en un Estado de derecho es un laberinto inconfesable. La Ley de Telecomunicaciones y su reciente reforma aprobada por un Congreso repleto de sacos y corbatas, es para una persona parlante un duro hueso de roer. 
     Todos alcanzamos a comunicarnos de alguna manera. Unos lo hacen con señas, otros con groserías, otros con armas punzocortantes, otros con armas etilizadamente románticas… en fin. El caso es que todos hacemos uso de nuestra capacidad oral ―y de la vista― para hacernos entender en este mundo de infinidad de lenguajes. 
     Darle reglas a lo que no puede ni debe tener reglas es en verdad un laberinto sin salida. Los del poder hacen uso de ello para repetirnos hasta el cansancio lo que creen que debemos pensar y, obviamente, con ello elevar su poder económico. El avance tecnológico que está entre sus manos tiene tantos vericuetos en su uso que para qué platicamos de ello; pero tiene contratada a la gente que se encarga de eso. 
     Durante más de cien años esta tecnología ha estado a su servicio. El Estado les ha querido quitar algo, pero en verdad son simples rasguños. Las telenovelas son su fuerte, tan es así, que cuando nos damos cuenta ya estamos consumiendo sus condenados productos en todo.
     De un tiempo para acá la resistencia de los pobres ha estado manifestada como florecitas que nacen en la montaña. En el Istmo, en la Costa, en la Mixteca, en todos lados, poco a poco estas emisoras de oralidad se han ido apropiando de las señales que consumen y refinan sus gentes, sus comunidades, sus regiones. Esto es para nosotros una verdadera manifestación de seguridad que desde la madre tierra está gritando. Las radios comunitarias e indígenas, a fuerza de reclamos, lograron aparecer en la ley. Su ubicación en la tan mencionada reforma está entrando con calzador. Pero ahí van a estar. 
     Nosotros creemos que la vida no se legisla, se vive simplemente, y las flores que están naciendo solamente aplastándolas desaparecerán un rato, pero volverán a nacer porque son flores silvestres, que nacen con la energía propia y natural que da la tierra. No habrá ley que pueda controlar su existencia, como tampoco a nuestros pueblos. 


[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos, suplemento cultural del Comité Melendre, publicado en EL SUR, diario independiente del Istmo. Año I, N° 48, Dom 23/Jun/2013. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]

Diario Comunal 139 – 21 de marzo

Jóvenes durante la Copa Benito Juárez.
Jaime Luna

En el centro de Asia se inicia el Año Nuevo; en Irán primordialmente. En América se inicia la primavera. En México se celebra a Benito Juárez, constructor de la actual República. En el mundo es el Día Internacional contra la Discriminación Racial ―también el Día Internacional del Agua―, y en Guelatao de Juárez se reinician los combates entre zapotecos y mixes, pero ahora jugando basquetbol, al mismo tiempo que ambos pueblos, por primera vez, trasmiten conjuntamente, a través de sus emisoras comunitarias, un evento cultural y deportivo. 
     Cualquiera puede afirmar que es una fecha en verdad muy significativa: natural, cívica, racial, política, cultural, deportiva y comunicacional. 
     Serias contradicciones también se revelan en ésta tan importante fecha. Dos visiones sobre la medición del tiempo, El reconocimiento del agua como recurso vital ―que unos la defienden y otros la acaparan―, la aceptación de que la discriminación racial existe ―frente a los empeñados en ocultarla―, la celebración de un prócer, que siendo indio zapoteco, discriminado obviamente, construyó una República que en la actualidad azota a las grandes mayorías, y de paso una histórica desavenencia entre zapotecos y mixes serranos, que ahora se ha convertido en una hermosa demostración de compartencia cultural y deportiva, y también comunicacional.
     Estas contradicciones revelan el color de la vida que nos ha tocado vivir. Por un lado, es una demostración de conocimiento entre Occidente y América, que si bien no es una contradicción, es por lo contrario una gran revelación de la gran diversidad del conocimiento que ha ejercitado el ser humano, y que debe ser valorado y comprendido. Por otro lado que un zapoteca, cuyo pueblo es discriminado, trascendiendo la discriminación haya construido una nación que revela inmensas desigualdades, y en su nombre se justifiquen un sin fin de atrocidades, desde la usurpación de aguas y suelos, hasta de su capacidad de autodeterminación y su actual necesidad de hacer justicia fundamentado en sus principios, y lo haga a través de su policía comunitaria, cuyo impedimento no es otra cosa que otra demostración de discriminación.
     Sin embargo, la parte noble y llena de esperanza lo revela el enfrentamiento deportivo y la compartencia en la difusión cultural de los habitantes de esta serranía. Una relación armónica que le ofrece a Oaxaca, un proyecto propio de futuro, en donde el respeto al conocimiento, a las aguas, suelos y vientos ―una reciprocidad compartida entre lo antiguo y lo moderno― haga diseñar una nueva sociedad que tenga todo el espacio para labrar por sí mismo su futuro, y se respeten sus capacidades culturales para la búsqueda de un buen convivir en este mundo.
     Vaya fecha que celebramos entre contradicciones y armonía…


[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos, suplemento cultural del Comité Melendre, Año I, N° 35, Dom 24/Mar/2013. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]