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| Gregorio Guerrero |
Fue un día de primavera en la montaña de Guiengola, parte de la sierra atravesada entre la planicie del Istmo de Tehuantepec. Se escuchaba a lo lejos el canto de los cenzontles, tortolitas y pájaros carpinteros. Un caudaloso río recorría las faldas de aquella imponente montaña y una variedad de animales componían la fauna silvestre, exuberante y extraordinaria de aquel mágico lugar.
Pero en aquel paraíso había sucedido algo que estaba a punto de romper con la tranquilidad y la armonía. Hacía varias noches que un viento frío rondaba aquel lugar y gruesos nubarrones cubrían el cielo. Durante dos noches la lechuza, ave de malagüero entre los zapotecas, había entonado su canto fúnebre sobre la entrada de su madriguera, y lo inevitable sucedió: el anciano mayor entre los animales, el armadillo, conocido en lengua zapoteca como Ngupi, cansado por el peso del tiempo, había expirado su último aliento esa madrugada.
