Andrés Henestrosa: el hombre que dispersó sus sombras

Claudia Gómez Haro

“Al final de la vida sólo nos queda 
un poco de ceniza en la palma de la mano”
Andrés Henestrosa


Andrés Henestrosa nació el 30 de noviembre de 1906 en el pueblo de San Francisco Ixhuatán, en el Istmo de Tehuantepec, en el seno de una familia donde conviven las tres sangres de México: la india, la blanca, la negra, además de la huave y la filipina.

Andrés nos dice en las primeras líneas de su autobiografía inédita; “Soy un grito: el grito de Martina Henestrosa al darme a luz repentinamente”. Nació a mediodía a la hora en que según algunos, vienen al mundo los locos. Su madre fue una importante presencia en él y de ella aprende el zapoteco, junto con las tradiciones y leyendas indígenas.


En el rancho de la familia, entre Ixhuatán y el mar, vive sus primeros seis años en descalza libertad y salvajemente asombrado por el vasto horizonte y las maravillas de la naturaleza que lo rodea.

Andrés Henestrosa llega a la ciudad de México el 28 de diciembre de 1922 a buscar a José Vasconcelos Calderón (1881-1959) entonces secretario de Educación Pública durante la presidencia de Álvaro Obregón, para pedirle una beca.

Los primeros tiempos del joven Andrés en la ciudad fueron de aventura, azar, encuentros y lecturas afortunadas. Inicia sus estudios en la Escuela Nacional de Maestros, en la preparatoria y estudia leyes y letras en la universidad. A veces, sin tener qué comer, a veces sin saber dónde dormir, vive azarosamente. El pintor Manuel Rodríguez Lozano (1895-1971) y luego Antonieta Rivas Mercado (1900-1931) lo protegen y esta última lo lleva a vivir a su casa y lo introduce en la literatura y los clásicos. Todas estas selectas lecturas lo ayudan a consolidar el dominio del castellano. Es una etapa decisiva en su formación (desde 1927 hasta 1929). De ahí sale para encontrarse con José Vasconcelos, candidato a la Presidencia.

En todos estos episodios Andrés sale a flote, como dice Adolfo Castañón, gracias a la vivacidad de su ingenio, su lengua afilada y su gusto por la vida, ¡tremendo hedonista! desde entonces. Su prodigiosa memoria de trovador deslumbraba en fiestas y convivios, declamando poemas y coplas con singular naturalidad y talento.

En 1929, Henestrosa publica su legendario libro Los hombres que dispersó la danza. Veintiséis relatos ricos en sabiduría y magia, de los modernos zapotecos. Miguel León Portilla, en el prólogo del facsimilar de la edición príncipe de 1929, muy acertadamente nos habla de ese doble venero en que se nutre el alma de Andrés.

En ese mismo año conoce a Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Gilberto Owen, Celestino Gorostiza, Julio Castellanos, Julio Jiménez Rueda, entre otros. También en 1929 se inicia la campaña de Vasconcelos en busca de la Presidencia de la República, a la cual Henestrosa se une. Con su enorme ingenio, simpatía y humor se granjea simpatías, pero también enemistades. Recordemos cuando del presidente Pascual Ortiz Rubio dijo que “era un hombre tan calculador que hasta la tibia la tenía fría…” Otra anécdota muy simpática es cuando, según consigna Alfonso Reyes, en un concierto alguien le gritó a Carlos Chávez “¡Beethoven!”, por su enorme parecido con el músico alemán y Henestrosa responde “qué hubiera pensado Beethoven si alguien le hubiese gritado ¡Chávez!...”

En 1936, el jueves 18 de julio ―día en que cae la República en España― Andrés Henestrosa, becado por la Fundación Guggenheim para realizar estudios acerca de la significación de la cultura zapoteca, sale del país a Estados Unidos donde conoce al antropólogo Franz Bloom, a quien, al volver a México le presenta a Gertrude. También en Nueva York se encuentra con Alfonso Reyes, Eugenio Florit y Jorge Mañach.

Por esos años, Henestrosa hace amistad con muchos de los escritores refugiados republicanos que vienen a México. Esa otra Nueva España, compuesta por José Bergamín, León Felipe, Pedro Garfias, Juan Rejano, Francisco Giner de los Ríos, entre otros. También en estos tiempos frecuenta a Renato Leduc y Juan de la Cabada, con quienes comparte la vida bohemia y trasnochada. Trata familiarmente a Diego y Frida, a Rosa y Miguel Covarrubias, a quienes acompaña en sus viajes al istmo de Tehuantepec, “donde las mujeres visten almidonadas enaguas que revolotean al compás de las notas musicales de La Sandunga o La Llorona y bailan cadenciosamente con gracia y donaire elevándolas y luciendo sus más caras joyas”....

En 1940, Andrés se casó con Alfa Ríos en Juchitán. Esa fiesta es una de las páginas más ricas en su vida y en las de la literatura mexicana. La ceremonia fue objeto de fantásticas crónicas, como la de Agustín Yáñez, descrita en Espejismo de Juchitán, y recordemos también a Luis Cardoza y Aragón, quien evoca esa “fiesta donde el ser mexicano cobra un aire de oriente…”

Henestrosa se establece en México y trabaja incansablemente escribiendo en diversos periódicos y como profesor de literatura mexicana e hispanoamericana. Alfa fue su compañera de aventuras, su apoyo y pilar de esa casa poblada de innumerables libros, cuadros, ecos y huellas de amigos entrañables, como Miguel Covarrubias y Pablo Neruda.

Su territorio común se afirma y amplía cuando en 1941 nace Cibeles Henestrosa Ríos, hija única de ambos, quien con gran devoción se ocupa del escritor, una vez fallecida su madre, convirtiéndose en su fiel compañera hasta el día de su muerte.

En 1964 Henestrosa ingresa a la Academia Mexicana de la Lengua. El tema de su lectura de ingreso fue “Los hispanismos en el idioma zapoteco”, discurso que es, como bien dice Adolfo Castañon, también miembro de número de la Academia, un alarde de conocimiento profundo de los pliegues y repliegues de que está hecha la identidad cultural y lingüística mexicana. Al mismo tiempo, el texto sienta las bases para su futuro proyecto: la redacción de un vocabulario zapoteco-español/español-zapoteco que no se había hecho desde la Colonia, con fray Juan de Córdoba. No en balde solía decir: “Aún sueño y maldigo en zapoteco”.

Es uno de los últimos juglares, malabarista de la palabra y escritor de poemas, ensayos, canciones y corridos. Si bien la mayoría de las antologías poéticas no han sabido incluir sus versos, la tradición popular ha recogido sus poemas musicados, como La Martiniana, La Paulina, La Vicenta, La Ixhuateca, Los juchitecas: oro, coral y bambú, La Llorona, interpretados entre otros por Álvaro Guerra, el Trío Montalbán, Tehua, Susana Harp, Georgina Meneses, Lila Downs.

Tenemos también que mencionar su importantísima labor como periodista y cronista. Escribe más de 20 mil artículos en columnas y secciones como “Alacena de minucias”, “Reloj literario”, “Divagar” en diarios como Novedades, Excélsior, El Universal, El Día, El Popular, unomásuno

Su labor de periodista está ligada a su tarea como editor y bibliófilo. No sólo dirigió y fundó revistas o colecciones como Neza, Didza, La letras patrias, Mar abierto, El libro y el pueblo, sino como editor también hace posible la serie de Bibliófilos Oaxaqueños, la Colección Mar Abierto y los libros del Fondo Bruno Pagliai.

Su infatigable tarea de erudición, bibliofilia e historia lo llevan a ser uno de los escritores mexicanos que con mayor profundidad y conciencia conocen y dominan la memoria mexicana de la cual es portador y depositario.

En 1946, Henestrosa se afilia al PRI y dirige el departamento de Literatura del INBA de 1952 a 1958. Fue diputado federal de 1958 a 1961 y de 1964 a 1967. Hace su campaña política en Oaxaca y la mayoría de las veces se dirige a los indígenas en lengua zapoteca ―la única que muchos entienden.

Vale recordar que cuando se afilia al PRI es severamente criticado por sus amigos progresistas de izquierda, ya que Henestrosa había sido un hombre de avanzada que entre otras cosas dirigió en sus primeros tiempos el Boletín cultural editado por la embajada soviética en México. La carta dirigida a Griselda Álvarez ―amiga de aquellos días en los cuales Juan Rejano dirigía el suplemento literario de El Nacional― titulada “Los cuatro abuelos”, es algo más que una respuesta a esas críticas, es una joya poética. Miguel Ángel Porrúa, amigo y editor de Andrés, acertadamente comenta en el documental realizado por la Fundación Pro Academia Mexicana de la Lengua en conmemoración de sus cien años, que entre lo más bello de la obra literaria de Henestrosa está su epistolario.

Entre 1982 y 1988 es senador de la República, pero en el orden político lo que el escritor siempre desea es ser gobernador de Oaxaca. En alguna ocasión comentó: “creo que una buena administración pública vale más que la mejor novela…”

Para Henestrosa ahí se juntan sus dos grandes repúblicas: la literaria y la política. Sabía que Oaxaca no podía más: “Es una tierra maravillosa, llena de ríos, de montañas, y como dice la canción, ‘da el oro y la espiga, el mármol y el laurel’, rica en música, danza, ceremonias, allá hasta los entierros son alegres… pero Oaxaca ya no puede más...

En 1992 recibe el Premio Internacional Alfonso Reyes; en 1993, la medalla al Mérito Benito Juárez, entre muchos premios, reconocimientos y galardones. En 2001, Andrés Henestrosa entrega a la ciudad de Oaxaca su vasta biblioteca ―unos 40 mil volúmenes.

Sin embargo resguarda un ejemplar que para él era la “joya de la corona” de su amplia biblioteca: Los versos sencillos, de José Martí, en una edición “príncipe”, dedicada de puño y letra, al escritor mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, para después, a fines de 2001, donarlo a la Biblioteca Nacional de La Habana. Tuve el privilegio de acompañarlo al homenaje que se le hizo en La Habana por tan generosa donación: “Ahora que lo entrego siento que se desprende de mi corazón un pedazo de mi vida. Doy esta joya a Cuba, que es para mí una segunda patria, y en correspondencia a Martí, quien tuvo en México una de sus patrias”.

En 2006, Andrés Henestrosa cumple cien años y es celebrado y homenajeado durante todo el año. “No está en mis planes morir”, comentó. Y es cierto; el narrador, periodista, político y poeta se había convertido ya en un “árbol centenario” de gran lozanía y lucidez que estaría con nosotros para siempre.

“Amo, sufro y espero, igual que todos los hombres. Pero, ¿qué espero? Nada, y como la nada no existe, existiré yo”, afirmó el autor de Los hombres que dispersó la danza en aquel homenaje que por sus 100 años le hicimos en Casa Lamm con la Fundación Pro Academia Mexicana de la Lengua.

Lo que más le gustó fue vivir y no perdió ningún día de su vida. “No hay cosa que más ame que la vida, ni situación que más tema que la muerte… pero tenemos que morir, por eso debemos jugar al escondite con la muerte, burlarla hasta darle la vuelta... No pienso morirme, no está en mis planes, está descartado”.

El argentino Leopoldo Lugones escribió: “Pasó Grecia, pero quedó Homero. Los pueblos pasan, pero los hombres que dijeron una palabra hermosa, que dijeron una verdad, esos se quedan”. Y Andrés Henestrosa, el hombre que durante más de un siglo dispersó sus sombras... quedará por siempre en nuestros corazones.

Querido Andrés, descansa en paz.


[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos ―Año II, N° 77, Dom 12/Ene/2014―, suplemento cultural del Comité Melendre en EL SUR, diario independiente del Istmo. Publicado originalmente en el diario La Jornada el viernes 11 de enero de 2008, al día siguiente de la muerte de Andrés Henestrosa, Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]