Él se quita los guantes y el overol,
enciende la radio y escucha una
voz seductora y suicidamente femenina
con encaje en las ideas
y seda blanca, totalmente blanca en las palabras.
Ella continúa su diálogo de esclava entorpecida en otra historia
que se pierde al margen de ésta,
su boca se cierra y abre rutinariamente,
y sus sueños recaen en lo disímil del propio instinto.