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'La Norma', a más de un año sin ella


Gregorio Guerrero
En ella recalábamos todos los sedientos de la madrugada, los insaciables, los que teníamos ese itinerario de empezar de noche en algún bar del centro y acabar en la madrugada en la Norma.

Otros seres nocturnos caían sobre ese bebedero que miraba al norte, hacia el mercado ya muerto y el cerrado palacio municipal. Desde la calle principal venían a pie algunos de los personajes fugados de los versos de Efraín Huerta en sus hombres del alba:

Travestís que descansaban de su trabajo nocturno, pequeños Robin Hods egoístas, mujeres que se acompañaban de otros hombres mientras sus hijos dormían, jóvenes adormilados, obreros que no querían llegar a casa y algún escribano o pintor discutiendo de cosas ajenas a ese templo.

Aquel lugar en la que estaban muy lejos el pensamiento en los hijos y los sollozos de la esposa, acaso las caguamas que sus fabricantes les llaman “familiares” se vertían en los vasos cuya forma y color pareciera reservado al agua de horchata en una fiesta infantil.

El señor de los sacrificios

 
 
Ilustración: Crispín Vayadares
Para el gran señor Víctor Cata
 

La noche de mi nacimiento el Sumo Sacerdote de Yoo Bá’,[1] Ruya Dó’,[2] despertó después de haber sido visitado por el dios de los sueños, quien le anunció que su sucesor había sido alumbrado.
 
Así me lo cuenta mi maestro mayor que en ese entonces era bigaana’[3] en el Yoo Bee[4] del Gran Vidente, y que velaba el sueño del sacerdote cuando este despertó y dijo: gueeda ca ni riguubiá’ guibá’[5]. Se levantó con la agilidad de sus quince años; envolviéndose en su manto se dirigió al templo de los astrónomos. Mientras cavilaba si debía llamar a los guardadores del fuego se dio cuenta que había luna llena y que en las escaleras del templo ya subían los escrutadores del cielo.
 
Mi maestro mayor se refiere a mí siempre como bixhoze’,[6] aunque ese título bien le vendría a él porque desde que mis progenitores me entregaron al templo se ha encargado de mi cuidado, no obstante mi tutor es el sumo sacerdote de Yoo Bá’ pero por sus múltiples y altas ocupaciones rara vez se entrevista conmigo.
 
Desde siempre le he llamado Diidi’ porque antes de ser nombrado mi maestro mayor él era el ayudante principal del sumo sacerdote y su Rutiidi[7] en los grandes sacrificios. En la corte y entre el populacho se le conoce como Xhuana Naxhiñá[8] porque en su oficio de primer sacrificador porta el gran cuchillo de obsidiana con que abre el pecho de los cautivos, cuyo corazón y sangre se ofrece como tributo a nuestros dioses. Sus manos transportan el corazón aún palpitante a su señor, quien como único enlace con las divinidades les ruega con todas las palabras dulces de nuestra lengua se dignen aceptar los sagrados alimentos.

Resultados del Primer Concurso de Cuento del Comité Melendre

 
El Comité Autonomista Zapoteca
“Che Gorio Melendre”
da a conocer a la ciudadanía en general
los nombres de los ganadores del


PRIMER CONCURSO DE CUENTO DEL COMITÉ MELENDRE


El Honorable Jurado Calificador estuvo conformado por
Los jueces dictaminaron que los premiados del presente certamen son:

Carta para Macario Matus

Gerardo Valdivieso Parada

La ciudad cambia irremediablemente
es el mismo sol que cuelga todos los días
pero el pueblo ya no es, es otro, es ajeno.
Juchitán se pierde entre palazos de tierra
el oro de tu pensamiento lo enterramos ya,
lo que permitiste ver fue apenas un rayo 
ya todo se agolpa en el paraíso 
de los recuerdos entrañables:
el panteón alumbrado de quinqués
el son bajo la enramada al mediodía
los callejones de polvo y de excremento endurecido 
los niños y los puercos sobre la tierra seca
el río, las lagunas, en donde viste 
la sonrisa de una hendidura rosada.

Prédica inútil a un niño que no quiso ir por las tortillas

Gerardo Valdivieso Parada

Cuando tuve tu edad, por flojera o por olvido, no me ponía los huaraches y me dolían las piedras puntiagudas en los pies al recorrer los callejones que llevaban a la casa de Na Sóstena, que sentada frente a un cazo lleno de carne de res cocida, con su rostro de severa sacerdotisa de los alimentos del alba, me llenaba la cubeta de trozos de carne ahogados en caldo que acomodaba con sangre ennegrecida en trozos; alimento casi divino que todavía prodiga por unos pesos. Si algún día te encargan la tarea que ya me es negada, aunque ya no encontrarás callejón con ríos de arena ni piedras, sino liso y gris cemento, en compensación de la faz adusta de la cocinera de antaño encontrarás una dulce sonrisa de anciana que esculpió el tiempo y los nietos.

Resultados del Segundo Concurso de Cuento y Poesía del Comité Melendre

El Comité Autonomista Zapoteca “Che Gorio Melendre”
da a conocer a la ciudadanía en general
los nombres de los ganadores del


SEGUNDO CONCURSO DE CUENTO Y POESÍA DEL COMITÉ MELENDRE

El Honorable Jurado Calificador estuvo conformado por
Los jueces dictaminaron que los premiados del presente certamen son:

"Juchitán es un monstruo de mil cabezas": Gubidxa Guerrero



Por Gerardo Valdivieso Parada

Juchitán.- Dentro del proceso que sigue para participar en la contienda política del 5 de junio como Acción Ciudadana Melendre, el Comité Autonomista Zapoteca "Che Gorio Melendre" (Comité Melendre) realizó el protocolo de integración de su planilla de 18 integrantes (9 propietarios y sus suplentes), según dio a conocer Gubidxa Guerrero Luis, presidente del Consejo Directivo del Comité Melendre.

Respetuoso de las reglas del proceso, los integrantes de Acción Ciudadana Melendre acudieron al Instituto Nacional Electoral (INE) para despejar algunas dudas sobre la convocatoria.

Inauguran exposición fotográfica “Quehacer Istmeño”

Fotografía de Ramón Bragaña

De los fotógrafos Ramón Bragaña y Fidel Cruz


Gerardo Valdivieso


Juchitán, Nación Zapoteca.- En el Centro Cultural Herón Ríos se inauguró el sábado pasado la exposición fotográfica Quehacer Istmeño de los fotógrafos Ramón Bragaña y Fidel Cruz, de Juchitán e Ixhuatán respectivamente.

El corte del listón estuvo a cargo de Humberto López Gómez. En la parte musical se contó con la participación de Amadeus Morquecho, quién cantó melodías de su propia inspiración.

Crónica de un viaje a la cercana pero remota tierra de los monteok

Gerardo Valdivieso

(Relato publicado originalmente en la Revista Guidxizá, Año III / Nº 11, Enero-Marzo de 2006).

Esa noche, Delfino Marcial Cerqueda iba a inaugurar una exposición en el centro nocturno Bugambilia. Para acompañar con música aquella exposición, en que no faltaban las imágenes marinas, acudimos en la mañana a la terminal de autobuses para recibir a unos señores que para el maestro Cerqueda evocaban mejor el espíritu de los sonidos del mar.

Ya en la noche y a unas horas de la presentación, los cinco músicos, incluido el maestro Apolinar Figueroa, literalmente temblaban del nerviosismo, batallamos mucho para comprenderlos cuando nos hablaron del ambiente que existe en las ceremonias que presiden, hasta que el maestro Delfino mandó por botellas de ron y brandy, deduciendo que no hay ceremonia sin alcohol.

Ese era el elemento que faltaba para que se sintieran como en casa y como si estuvieran en la celebración de Corpus Christi. Después de que desfilaron los músicos juchitecos, se anunció su actuación: “Los músicos tradicionales de San Mateo del Mar”. Dirigidos por el maestro Apolinar, quien empezó con la llamada de atención o registro en su flauta, se anunciaron los sonidos alternantes de los caparazones de tortuga, el redoblante y la tambora.

El son del pez espada fue la primera pieza, grabada desde 1972 por Arturo Warman en un disco editado por el INAH y posteriormente interpretada por el grupo de Los Folkloristas, se escuchó inigualablemente en el escenario del Bugambilia. 

Sobre las caparazones de tortuga cabalgaron armoniosamente los cuernos de venado, ritmo mucho más elaborado que el cadi'pándeu, cadi'pándeu de los sones zapotecos sobre la tortuga, su ejecución implica coordinación de los dos ejecutantes, que realizan un ritmo intrincado. Acompañados del retumbar de los tambores de doble parche, dejaron muy atrás el elogio de Delfino. No eran simplemente sonidos marinos: en las piezas se podía escuchar los relámpagos de la batalla de los prodigiosos señores del rayo, los monteok, contra sus rayos enemigos, los monteok moel; y en otras se oía el roce de las enaguas sobre las nubes de las müm ncharrek, las señoras viento del sureste. 

Se suspendió el sonido de los caparazones, la flauta de tres orificios se sustituyó por una de siete para preparar la danza ritual “de la culebra”, en la que se imita los quejidos de la gran serpiente con cuerno ndiük, conocido por los binnizá como benda yuuze. Del vientre de las montañas nace este dragón con lengua de oro arrastrando consigo todo el poder de las corrientes del agua, su zigzagueante amenaza llevará a la hecatombe hasta que el señor del rayo, que la acecha entre las nubes, la llama desde el cielo, sólo para cortarle la cabeza de un flechazo.

Como el cielo en la noche de las lagunas istmeñas es de los monteok, la noche en el Bugambilia fue de sus músicos. Discurrimos del bar a la casa de la poeta Natalia Toledo; ahí entre garnachas, tlayudas y caguamas, se armó tal barullo que los vecinos llamaron a la policía y si no fuera porque entre los escandalosos estaba el entonces senador Héctor Sánchez López, nos hubieran interrumpido la fiesta.

Pasaron muchos años para cumplir la promesa que les hice a los músicos de San Mateo de visitarlos. Era la fiesta de La Candelaria cuando llegué al pueblo que está entre la laguna inferior y el mar vivo. Había un tianguis en el centro entre la Iglesia y el Palacio Municipal, dominado por los zapotecas. Compré unos icacos que me recordaron mi niñez y las arrugadas manos de mi abuela. Me encaminé a la iglesia. En la entrada estaban cuatro campanas, una de las cuales suscitó la pelea con los antiguos habitantes de Juchitán, en la que finalmente, otra vez los monteok, rápidos como los rayos que son, la rescataron para permanecer resguardada hasta ahora frente a su iglesia. 

En el atrio divisé al maestro Apolinar Figueroa que no se acordó de mí. Trataba de recordar los nombres de los demás músicos cuando nos interrumpió una persona que contrastaba con los demás que vestían sus mejoras ropas, aquella persona tenía la camisa y el pantalón sucios, el pelo y la cara sin lavar, como uno de esos borrachines que inoportuna para pedir una moneda; sin embargo sus gestos eran serios y el maestro le prestó mucha atención, como si fuera un mensajero importante.

Fui invitado especial del maestro Poli, con derecho a entrar bajo la enorme campana junto a los demás músicos, que se persignaron ante dos viejas cruces que presiden en el campanario. Empezó la música pero sin los caparazones de tortuga, que son percutidos solamente en Corpus Christi, día cercano al solsticio. En el umbral vuelve la persona de aspecto desaliñado, saluda a todos: “Dios teat”, para luego comunicarle nuevos ordenamientos al maestro en su lengua.

Todos se levantan y el maestro me dice, “vamos a la casa del mayordomo, ¿quieres ir?”, “por supuesto” le respondo. En la calle nos esperan los señores principales con sus bastones de mando, acompañados por los topiles, (los encargados de la seguridad, cargan con tremendos palos por cualquier inconveniencia). Los músicos y yo, encabezados por el maestro, nos dirigimos en procesión a la casa del Mayordomo, sin apresuramiento parando en cada lugar sagrado marcado con cruces o capillas en donde todos se persignan. Acompañando a la procesión, pero sin integrársele y que parecía dirigir a todos, era aquél hombre desarreglado, como si le fuera dado mandar ese día.

Cuando llegamos a nuestro destino, todos entraron, menos los músicos. Quedé a la expectativa, hasta que salió de nuevo el señor harapiento que después de ordenar todo para la instalación de los músicos los invitó a entrar. El maestro me hizo un gesto con la cabeza y entré tras él. En el patio había una enramada de carrizo y piso de tierra a la que habían echado arena, se acomodaron unos bancos rústicos largos y una mesa grande. Los músicos empezaron a saludar a las personas presentes con su clásico saludo (“Dios teat” a los hombres y “Dios tma” a las mujeres), yo como no sabía esto aún, les di los buenos días, al cual me respondieron con un gesto de leve desconcierto. 

Me senté en uno de los largos bancos, (que me recordó otra vez mi niñez cuando en Juchitán se rentaban para los eventos sociales, hasta que llegaron las sillas de las cervecerías) a lado de los músicos. Los estaba oyendo platicar, cuando se acercó una señora, que después supe que era la mayordoma; saludó a todos, uno por uno “Dios teat”, “Dios teat” y “Dios...” suspendió su saludo al verme, pero tampoco se inmutó. No preguntó a nadie sobre mi procedencia ni de cómo llegué hasta su patio. Se mantuvo la plática un buen rato hasta que el maestro se levantó y salió de la casa, sin decirme nada. Lino Degollado me explicó, que la mayordoma pedía que tocaran con los caparazones, que sabía que no se acostumbraba pero rogaba hicieran una excepción; así que el maestro fue por los dos carapachos. 

Mientras se ordenaba la mesa y se colocaban las sillas, alguien efectúo un gesto afectivo indígena, extinguido ya en Juchitán, suplido por la llave del agua: ofrecer cubeta y jícara en mano, agua para lavarse. Un rito parecido al lavatorio de los pies se representó bajo aquella enramada. Mientras tanto en la mesa ya se colocaban tortillas y platos con cheguiña. Nos invitaron a la mesa y empezamos a comer. Cuando terminamos, el mismo señor de la cubeta de agua y la jícara hizo repetir el ritual. Ya de nuevo en nuestros lugares nos ofrecieron una jícara muy grande con espuma o bupu.

Al rato llegaba el maestro con los caparazones y empezaron a tocar con entusiasmo. Llegaban los invitados, la mayoría al ver que se me trataba con familiaridad, desinhibidos por el mezcal que circulaba sin cesar, me hablaban en su lengua; cuando veían que no les entendía me preguntaban si no entendía “el idioma”, agotando conmigo sus conocimientos del castellano.

Pasaron las horas, llegaban más personas que a veces sustituían a los músicos. Llegado un momento, las botellas de mezcal y los paquetes de cigarros entregados casi con reverencia al maestro Poli por aquel organizador de las formas, o sea el señor con aspecto descuidado, se agotó. Volvió la persona citada con una nueva reserva de mezcal y cigarros.

El mezcal hacía sus efectos, mientras la tarde “se hacía hueso”. Hasta los más silenciosos se volvieron platicadores. Lo mismo se reía que se soltaba el llanto, hasta que llegó un momento crítico para los organizadores: se acabó el mezcal. Regresó otra vez el que tenía el aspecto de borrachín, frente al maestro Poli con un cartón en las manos, haciendo todo lo posible para que aquel indignado músico aceptara las cervezas. Nos acabamos las cervezas al tiempo. Nos llegó la noche y al sureste, en la montaña en donde se cree residen los monteok, estaba oscuro, resplandecía de vez en cuando por los machetazos de sus rayos entre las nubes. 

Recuerdo levemente que volvimos otra vez a la iglesia en donde se quemaron fuegos de artificio. De tanto mezcal y cerveza, no recuerdo haber realizado el largo camino de regreso; pero al siguiente día estaba en mi casa, con la flauta de carrizo de maestro Poli como regalo.



[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos ―Año II, N° 69, Dom 17/Nov/2013―, suplemento cultural del Comité Melendre en EL SUR, diario independiente del Istmo. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]