Entre mariposas y miserias

Guillermo Coutiño Aquino

―Mamá, mamá. A mi tío le dan miedo esas mariposas gigantes ―grita la niña al ver cómo salgo huyendo del baño.
     En la infancia maté mariposas gigantes, en el baño y en el cuarto. Nadie se daba cuenta, todos estaban en el comal preparando las tortillas para su venta. Por las noches, el ventilador era mi aliado. Yo espantaba las mariposas y el ventilador se encargaba de mutilarlas.
     Fue un sábado de canicas. La gran olla de barro, llena de agua, lista para sumergirme en ella. Abrí la puerta oxidada del baño, observé detenidamente el interior. Al mirar el foco, una enorme mariposa negra posaba sobre la única luz que alumbraba los lugares más oscuros. Grité de miedo, le di con la toalla, con la chancla. 
     No me di cuenta de quién abrió la puerta del baño, y me vio parado, en shock. Hubo silencio. La pared del baño, carcomida, con más de cinco pinturas sobrepuestas se hallaba manchada de sangre. En el piso, en el techo, pedazos de mariposa gigante.
     ―No seas tonto hijo. Esa mariposa anuncia dinero ―dijo mi abuela mientras me jalaba de las orejas.
     Así pasé gran periodo de mi infancia y adolescencia. Soportando mariposas gigantes en el techo del cuarto, en el baño, en la cocina; en el librero, en los trastes. La casa se había convertido en el lugar donde las mariposas gigantes realizaban su convención cada año. Nunca llegaban a un acuerdo y nunca dejaron riquezas.

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―Siento que moriré pronto. Y quiero hacerlo cerca de la hielera, caer entre los cartones de cerveza ―le dije a la tía Socorro, quien entre los borrachos era mejor conocida como S.O.S.
     ―¡Estás pendejo! ―gritó ella.
     Continuó:
     ―Quién sabe en qué mil novecientos vas a morirte ―dijo S.O.S. sin tener conocimiento del nuevo milenio. Sin saber que el día uno del año dos mil, muchos tontos se quitaron la vida. Que en el dos mil doce otros más lo harán. Ojalá suceda.
     Mientras discutíamos sobre mi muerte, sobre quién se moriría primero, vi venir por detrás de ella una gran mariposa. La dejé pasar a mi lado.
     ―¿Recuerdas tu gran hazaña? Cuando lograste matar a más de cincuenta de esas ―dijo S.O.S.
     ―Y lo volvería a hacer. Putas mariposas ―le contesté.
     Mis razones eran fáciles de identificar:
     Una cocina sin comal y sin techo, donde el sol quema la espalda de la abuela. Un anafre con escaso carbón y mucha lumbre. Una casa dejando ver su esqueleto (del techo cuelga un ventilador viejo amenazando con caer). En el cuarto, donde dormíamos los cuatros hermanos y mi madre, sólo hay un tocadiscos inservible, una mesa y libros. Demasiada ropa vieja. Una grabadora en la que suena Billie Holiday. 
     Todavía hay ropa sin ropero, también un ropero sin ropa.
     El baño lo compartimos con arañas, cucarachas, hormigas y putas. Hay un muro hecho de cartones de cerveza, asemejando una obra de arte conceptual.
     ―¿Ahora comprendes? Si es necesario matar a esas mariposas, profetas de la miseria, lo haré ―le dije a S.O.S.
     Le di un trago a mi cerveza, encendí un cigarro y me recosté sobre las piernas de la anciana sabedora del tiempo a partir del sol.
     ―Hijo, la miseria también es profeta de la riqueza del alma. Lo veras cuando mariposas multicolores invadan tu cuarto ―dijo la abuela.
     Y juntos, en silencio, miramos aquella chirimoya que diera frutos para nosotros y murciélagos.


[La revista del Comité Melendre surgió inicialmente con el nombre Istmo Autónomo, mismo que mantuvo durante ocho números. Posteriormente cambió su nombre al de Guidxizá, siguiendo la secuencia numérica. Este relato se publicó en Revista Guidxizá (Nación Zapoteca), número 17. Junio de 2012. Puede consultarse en la página oficial de la revista en Facebook, en http://issuu.com/revistaguidxiza o directamente en la edición impresa]



[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos, suplemento cultural del Comité Melendre, Año I, N° 24, Dom 06/Ene/2013. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]