El Niño Dios retorna

Andrés Henestrosa frente al mar. Foto.- Blanca Charolet
Andrés Henestrosa

El niño zapoteca puede saber, con sólo oír lo que cuentan los abuelos y las pilmamas, qué tiempos corren, qué fiestas se aproximan, si fiestas reales o fiestas de guardar. Las fiestas reales apenas dejan en su mente un tenue rastro que después los años, como una leve brisa, borran para siempre. Las fiestas de guardar, por el contrario, trabajan su fantasía, su capacidad mentirosa: los complica, les da alas. Y entonces cuentan fábulas sutiles, que el niño oye embelesado. Fábulas que aunque han caminado muy lejos dentro de ellos, un día regresan y vuelan hacia afuera. Entonces es llegado el momento de referirlas a los niños: el niño se ha vuelto abuelo.

Ningún tiempo más propicio para narrar historias que el mes de diciembre o de Natívitá, como los zapotecas pronuncian natividad, en un acomodo de la palabra a su lengua. Entonces parece que retorna, que revive en todo hombre el niño que se ha sido y que se quedó viviendo para siempre en nosotros. Una a manera de Niño-Dios, bueno, inocente, crédulo. Cuentan, pues, en esos tiempos nuestros mayores muchos pasajes de la vida de Jesús, a quien algunos dicen haber conocido. Porque, ¿saben?, Jesús estuvo en tierras de Juchitán y de Tehuantepec. Y habló zapoteco.

Una de las mentiras que refieren es, que la noche del 24 de diciembre, que es milagrosa y providencial, buena para que Dios se manifieste a los hombres, ocurren estas tres cosas: la sirena del mar, la flor del higo y el dios del viento. Pero eso sí, sólo los niños, los mudos y los hombres virtuosos, porque no pueden contarlo, pueden verlos.

Cuando yo era niño, porque yo también he sido un niño, recorrí muchas leguas de playa esperando ver a la sirena del mar; pero me faltó virtud, que en el zapoteca de hoy signifi¬ca algo así como santidad, para verla. En cambio vi la flor del higo y el dios del viento... Pero se me ha olvidado.



(Texto publicado en la Revista Guidxizá, Año III / Nº 10, Octubre-Diciembre de 2006, tomado de Los hombres que dispersó la danza, Andrés Henestrosa, Editorial Porrúa, México, D. F., 1997)

[Texto publicado en Guidxizá, una mirada a nuestros pueblos ―Año II, N° 74, Jue 26/Dic/2013―, suplemento cultural del Comité Melendre en EL SUR, diario independiente del Istmo. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.]