Ay, Lewis Carroll,
cuán grandes debieron ser tus angustias.
Cuántas vertientes en tus ansias.
Montado en la impotencia,
en la inútil seducción
de tus imposibles deseos
Alicia, era más que la maravilla
del país de tus sueños.
Era la consumación imposible
del amor placentero,
entre las núbiles entrañas
de su inocencia excitante.
Ni tú, ni ella,
en el fiel de la dicha.
sólo un cruento inventar historias
para encubrir los descalabros
de tu severa razón
matemática y dialéctica.



