'El corazón delator', de Edgar Alan Poe

Cristian Tónchez Orozco

Un bosque se encuentra poblado de árboles. Una biblioteca se encuentra poblada de libros. Ambos lugares cumplen una función en nuestra vida. Ambas nos deleitan y enriquecen. Los árboles con su majestuosidad y belleza nos proporcionan un inmediato placer. Los libros requieren, exigen, un modo de apreciar distinto. Cada tomo, cada ejemplar de una obra viene a ser como un genio encantado, atrapado, que pide un trato especial. Sopesar el volumen, abrirlo, mirar de reojo, incluso entrecerrar los ojos antes de iniciar, son partes del rito que exige la lectura. Sólo así, cumpliendo paso a paso, el genio se despierta y accede a narrar para nosotros su historia.

Para los niños es más fácil cumplir con un rito que para los hombres. Cada vez que los niños visitan el Centro Cultural Herón Ríos A.C. y acceden a la Biblioteca Gilberto Orozco, los vemos tornarse solemnes: toman el libro, lo contemplan, lo leen y se abstraen de la realidad; no viven ya en este lugar, sino que se transportan a otro lejano y quizá a otro tiempo. Así opera la magia del genio: les habla y los envuelve con la cálida bruma de las palabras.

Las historias que guardan algo espantoso tienen su encanto. Lo desconocido, lo insospechado, lo imprevisible atrae siempre. Un niño, a pesar de su miedo, siempre mirará detrás de una puerta, algo secreto, algo que crece en su interior lo motiva. De entre estas historias hechas completamente de misterio sobresalen por su notoriedad las del escritor estadounidense Edgar Allan Poe. Sus relatos, sus cuentos gustan mucho a los niños que asiduamente nos visitan. El corazón delator es quizá el más leído.

Un hombre, hipersensible, comparte la habitación con un anciano cuya mirada de buitre lo trastorna. Planea matarlo. Durante siete noches vigila con atención el sueño del anciano, a la octava lo asesina y descuartiza, y lo entierra bajo el piso de madera. Todo fue perfecto. Alertada la autoridad por el leve ruido que se produjo se presenta; nuestro asesino abre las puertas, fanfarronea, y los invita a pasar. El ruido, asegura, lo produje yo al despertar de un mal sueño. El viejo, por otra parte, casi lo jura, se encuentra de viaje, y muestras sus riquezas como testimonio. La autoridad queda satisfecha. Ofrece sillas y se sientan justo debajo del cadáver. Hablan de cosas triviales por un rato, pero nuestro hombre, hipersensible, empieza a sentir malestar, algo no va bien, escucha bajo sus pies el latido del corazón del viejo, suda, se desespera; la policía, piensa, juega conmigo. Lo saben todo. Incapaz de soportar por más tiempo ese latido de ultratumba el hombre se delata. Confiesa el crimen.

La historia es siniestra, pero gusta. Es cruel, pero enseña. Los niños, concluida la lectura vuelven en sí y entonces preguntan, y preguntan desde cosas de la historia, hasta datos del autor. Cosa que nos satisface pues su deseo de aprender está siempre renovado.


[Texto publicado en Enfoque Diario el sábado 23 de abril de 2016. Se autoriza su reproducción, siempre que sea citada la fuente]