'La Norma', a más de un año sin ella


Gregorio Guerrero
En ella recalábamos todos los sedientos de la madrugada, los insaciables, los que teníamos ese itinerario de empezar de noche en algún bar del centro y acabar en la madrugada en la Norma.

Otros seres nocturnos caían sobre ese bebedero que miraba al norte, hacia el mercado ya muerto y el cerrado palacio municipal. Desde la calle principal venían a pie algunos de los personajes fugados de los versos de Efraín Huerta en sus hombres del alba:

Travestís que descansaban de su trabajo nocturno, pequeños Robin Hods egoístas, mujeres que se acompañaban de otros hombres mientras sus hijos dormían, jóvenes adormilados, obreros que no querían llegar a casa y algún escribano o pintor discutiendo de cosas ajenas a ese templo.

Aquel lugar en la que estaban muy lejos el pensamiento en los hijos y los sollozos de la esposa, acaso las caguamas que sus fabricantes les llaman “familiares” se vertían en los vasos cuya forma y color pareciera reservado al agua de horchata en una fiesta infantil.

Mientras se pagaba en el momento las caguamas, se compraban a peso los cigarros, en alguna otra mesa discretamente se mercaba en gramos lo que se hacía evidente en alguno que se paraba a danzar alzando las manos como si efectuara una danza de la grulla.

Mientras se siente la mirada de quien te revisa con los ojos y espera pacientemente la hora que salgas y des vuelta en la esquina oscura para conseguir otras caguamas, otros dejan descansar el pequeño revolver y el cuchillo mientras ven que se vierte la cerveza en su vaso rojo.

Cuando se abandona el lugar después de haber cumplido con la rutina etílica, en la calle acechan otros seres en busca de presas nocturnas: el joven adormilado se tiende sobre la banqueta inconsciente de su cuerpo sobre la que se acerca alguno a provocar su virilidad.

Su destino era inevitablemente la clausura porque ciertas veces una atareada muerte se sentaba en alguna mesa bebiéndose alguna vida ya fuera tomada ahí mismo o pidiéndola para llevar y tomarlo de un jalón en un callejón oscuro.

Todavía pasan los parroquianos enfrente, como en los días calurosos o en las noches jóvenes acostumbraban siempre a mirar a su interior para encontrar algún pretexto: alguna cara conocida, una mano que se alza en señal de saludo para entrar. Hoy la ven vacía y en su mente recorren lugares en donde hay buena botana y mejores meseras pero nada se compara con acabar en los brazos de la Norma.          


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Texto publicado en Istmo Autónomo (hoy Revista Guidxizá - Nación Zapoteca), Año I, Núm. 4, Enero-Febrero de 2005. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.

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