La flauta es un instrumento de viento cuyo sonido nace al chocar el aire en el bisel de la boquilla y se transforma al abrir o cerrar sus orificios.
Desde la mitología griega —con el dios Pan y la ninfa convertida en cañaveral— hasta El flautista de Hamelin de los hermanos Grimm y la Flauta mágica de Mozart, la flauta ha sido, en distintas culturas, un instrumento capaz de hechizar, proteger o conmover.
En Guidxizá, la Nación Zapoteca, esa misma fuerza se manifiesta en la flauta de carrizo (guere, en didxazá). Junto al caparazón de tortuga percutido con cuernos de venado y el tambor de cuero, forma el conjunto tradicional conocido como pitu nisiaba o pito y caja, y en algunas poblaciones como Muní.
El carrizo, el venado y la tortuga son elementos de la tierra. Dos de ellos —Venado y Carrizo— aparecen como días del antiguo calendario zapoteca; con los que se tejen sones que imitan el canto de las aves, el vaivén de los astros y el ritmo de la naturaleza: Berelele (El Alcaraván), Guchachi’ reza (La iguana rajada), Carreta guie’ (Carreta florida), Saa Telayú (Son del Amanecer) y tantos otros.
Aproximadamente en 1868 nació Cenobio López Lena, el “Músico ciego de Juchitán”, quien, además, fue campesino, pitero y compositor.
Acompañado de un tañedor de caparazón de tortuga y otro de tambor, convertía los convites y las festividades religiosas en verdaderos recitales de música tradicional.
Su virtuosismo no pasó desapercibido. A finales de los años treinta, en 1938, Diego Rivera lo invitó a la Ciudad de México. Allí, en una reunión donde se encontraban André Breton, Frida Kahlo, León Trotsky y otras personalidades, las notas arcaicas de su flauta de carrizo dejaron embelesados a los presentes.
Compositores como Carlos Jiménez Mabarak, Silvestre Revueltas y Daniel Ayala —quien realizó arreglos de Berelele, Guchachi’ reza y Carreta guie’ para formar la Suite Indígena Mexicana— admiraron las creaciones atribuidas a este sencillo campesino zapoteca que no tuvo acceso a instrucción musical formal, aunque seguramente aprendió a tocar el instrumento y algunas composiciones en la misma comunidad, de la mano de otros músicos tradicionales.
También pintores y poetas cedieron al magnetismo de sus melodías. Miguel Covarrubias, en su libro El sur de México, da cuenta de Ta Cenobio y lo retrata junto a su grupo. El poeta costarricense nacionalizado juchiteco Alfredo Cardona Peña le dedicó versos a su muerte en Bodas de tierra y mar.
A mediados de los años cuarenta, una familia viajaba en tren desde el sur de Veracruz hacia el Istmo. En la estación de Ixtepec, el hijo menor quedó maravillado al escuchar la flauta del viejo Cenobio, el tambor y el caparazón de tortuga. Por coincidencia, los mismos músicos tocaban en una cantina cercana a la casa de los parientes. El niño, cada vez que podía, se acercaba a escucharlos. En 1965, ese niño —ya convertido en el pintor Francisco Toledo— buscó a Ta Cenobio y a sus músicos para grabarlos y dejar constancia de su virtuosismo. Ya había muerto.
Las melodías tradicionales y las atribuidas al músico ciego de Juchitán siguen llenando los espacios festivos y religiosos del Istmo de Tehuantepec. Un legado sonoro comparable a las construcciones que nos heredaron los Binniguenda en Monte Albán y Guiengola.
Memoria Gráfica Zapoteca, proyecto del Comité Melendre, comparte dos fotografías de Ta Cenobio López Lena capturadas por la lente del pintor, dibujante y antropólogo Miguel Covarrubias, tomadas del Repositorio INAH. Francisco Toledo y los discos del INAH: Música del Istmo de Tehuantepec y Música de los huaves o mareños.
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Texto publicado el viernes 28 de agosto agosto de 2026 en la página de Facebook de Memoria Gráfica Zapoteca. Publicado en Cortamortaja el sábado 29 de agosto de 2026. Se autoriza su reproducción siempre que se cite al autor y la fuente. Enlaces: https://www.facebook.com/share/p/1TgsLBpfN7/,

