Macario:
| Ilustración: Demián Flores |
Tú, que no eras afecto a las salidas repentinas, vienes hoy lentamente recorriendo medio país para llegar a bendecir nuestros recuerdos, en una itinerancia que no tenías programada ¿o acaso habías pensado detener tu corazón cuando apenas cumpliste los sesenta y seis años de vida bien vivida?
Y quién puede ahora dudar de la vitalidad con que abordabas cada día, con que bordabas cada día sobre el terciopelo brillante de tu imaginación, de tu invaginación, como léperamente repetías. Quién puede olvidar tus bromas, tus afanes incansables de espíritu chocarrero, tu ágil juego de palabras que brotaba incansable como de alguna mitológica fuente para lacerar al destinatario y provocar la carcajada de los contertulios.
Tampoco podemos soslayar las tardes aquellas en que nos fundíamos en esa otra fuente mitológica que era La flor de Cheguigo, bebedero en que se encontraban nuestras ansias por aprender, por hallar el hilo que nos condujera a una nueva lectura, a un nuevo autor, o algo que tú hubieras descubierto en tu zambullida matutina por los libros de la biblioteca de la Casa de la Cultura.


