Mil días bajo la almohada

Juan José López Domínguez


Francisco S. Regalado, Puga
Amiga, ya sabes que nunca he sido dado a hablar de cosas de amor, que la poesía romántica es prácticamente nueva para mí... pero qué extraña es la vida algunas veces.

La primera vez que la vi quedé en un estado de indefensión que no me esperaba. Sí, es cierto, primero pensé es que estaba impresionado por una bella foto, eso era todo, pero pronto supe que iba más allá de una simple y llana admiración. Era algo más, y quizás encontré con un tanto de respuestas lejanas cuando empecé a leer tus cartas. 
     
Como te he mencionado, nunca me ha gustado mucho la metafísica, pero lo que me dijiste me puso a reflexionar. Bueno, fue más bien por momentos, porque en realidad sigo en la misma postura. Y después de tanta obsesión al respecto, llegué a varias conclusiones; en primer lugar, el amor (palabra simple y sí, bastante metafísica) no tiene porqué limitarse a un espacio-tiempo determinado. De hecho esto es algo que no va con la concepción cursi que se tiene de ello, pero mira que sí llega a ser muy útil.
     
Te diré que me han cuestionado mucho. Hay quien me llama loco. No sé si lo sea, de hecho no sé si ellos estén autorizados a dar una valoración de mi estado.
    
Pero ya sabes lo que pasó, ella era hermosa, me dicen que tenía una personalidad que enamoraba, sin embargo, quizás nunca tuvo un solo amante. Esto me apasiona y me hace sentir cierta euforia. A pesar de todo, cualquier pseudo-psicólogo o pseudo-psiquiatra lanza un pronóstico sin siquiera conocerme... y me hablan hasta de Freud; no falta el loco que me habla de hipnotismo. Nunca he sabido el porqué de esa gente, que planea conocer a las personas sin siquiera tener idea de ellos mismos. Discuten de una realidad que no conocen… que ni siquiera Diógenes conoce.
     
Van con una minúscula lámpara buscando lo inencontrable. Desde su pequeña caverna se atreven a aventurar una insignificante receta que resume toda una vida... una vida cargada de sufrimientos, de disimulos, de pasión apagada, de odio a los demás y a mí mismo. Dime amiga, ¿es esto posible?, ¿es posible decirle a quien tantas veces ha sido solamente diferente (imperdonable para ellos) que no es normal?, ¿que tiene el deber de serlo?
     
Yo sigo aquí, sujeto a una sola idea, la de saber que ella fue, que existió, que no fue un sueño... y maldiciendo al destino el que no nos haya puesto en un mismo espacio-tiempo. Con eso era capaz de conformarme, con el solo hecho de saber que ella era parte de mi tiempo... que respiraba el mismo oxígeno que respiro... que sufría por los mismos acontecimientos por los que yo sufro...
     
Sí amiga, me enamoré perdidamente. Pero la maldición que me acompaña es que la persona que amo es parte de un pasado que no alcancé a vivir… que no es parte de mi recuerdo. Ni siquiera conozco su voz, y que la foto que de ella guardo no es capaz ni siquiera de mostrarme el color de sus ojos.
     
A tientas voy en esta oscuridad que me atormenta, mientras una serie de gente extraña me dice que si dejo de creer en aquello que me da vida, podrán decir (¡ellos!, que no saben el porqué están aquí recetando y diagnosticando a los que no son como ellos quieren) que ha llegado el momento de abandonar este hospital que ha sido mi casa por tantos años. Supusieron que eso me daría un estímulo. Pero también yo necesito un techo, amiga, un lugar que me deje libre de lo externo para seguir pensando en lo que nunca fue.


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Texto publicado en Istmo Autónomo (hoy Revista Guidxizá - Nación Zapoteca), Año II, Núm. 7, Julio-Septiembre de 2005. Se autoriza su reproducción siempre que sea citada la fuente.

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