Daniela Robles Aguirre
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| Ilustración: Eric Muñoz |
Noches largas sin respuesta, buscando en vano entre muchos con el mismo nombre. Jamás fue original, pero fue único para ellos. Font violeta de 16 bits preguntando por el rojo y viceversa, en un universo de letras preguntando por otras. E-mails largos y románticos, carentes de acentos y salpicados de promesas ilusamente dulces, como azúcar hecho algodón. “Iré a buscarte”. “Te esperaré siempre”. Qué lentas pasan las horas cuando estás enamorado en la red. Lo más emocionante del mundo era verla fugazmente, conectada al mensajero; sentir sus caricias a través de las letras brillantes en la pantalla. Fotografías y canciones que los acercaban un poco más, uno al otro, como sabiendo que detrás de esos antifaces había vida, alguien que sentía, que escuchaba, que los veía, haciendo más real su fantasía. Lo mejor fue aquella noche de casas vacías, en que se tuvieron completamente, una mano en el teclado, la otra imitando las caricias, describiendo lo que los ojos leían.
