―Mamá, mamá. A mi tío le dan miedo esas mariposas gigantes ―grita la niña al ver cómo salgo huyendo del baño.
En la infancia maté mariposas gigantes, en el baño y en el cuarto. Nadie se daba cuenta, todos estaban en el comal preparando las tortillas para su venta. Por las noches, el ventilador era mi aliado. Yo espantaba las mariposas y el ventilador se encargaba de mutilarlas.
Fue un sábado de canicas. La gran olla de barro, llena de agua, lista para sumergirme en ella. Abrí la puerta oxidada del baño, observé detenidamente el interior. Al mirar el foco, una enorme mariposa negra posaba sobre la única luz que alumbraba los lugares más oscuros. Grité de miedo, le di con la toalla, con la chancla.
No me di cuenta de quién abrió la puerta del baño, y me vio parado, en shock. Hubo silencio. La pared del baño, carcomida, con más de cinco pinturas sobrepuestas se hallaba manchada de sangre. En el piso, en el techo, pedazos de mariposa gigante.
―No seas tonto hijo. Esa mariposa anuncia dinero ―dijo mi abuela mientras me jalaba de las orejas.
Así pasé gran periodo de mi infancia y adolescencia. Soportando mariposas gigantes en el techo del cuarto, en el baño, en la cocina; en el librero, en los trastes. La casa se había convertido en el lugar donde las mariposas gigantes realizaban su convención cada año. Nunca llegaban a un acuerdo y nunca dejaron riquezas.







.jpg)
